CONCURSO LITERARIO"Memorial Gerardo Ruiz"

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

IES PABLO PICASSO

Curso Escolar 07/08


PRIMER PREMIO DE RELATO (CATEGORÍA B):

PUNTO Y FINAL de BEATRIZ JIMÉNEZ NAVAJO
(Actualmente en 1º de BACHILLERATO A)

   Luna llena. La noche de los hombres lobo. Pero es también la noche más luminosa, y eso es lo importante. Porque los licántropos no existen, ¿verdad?

   En todo eso piensa el protagonista de este relato al escalar la verja de la vieja casa abandonada. Es lo suficiente joven como para hacer promesas estúpidas, y lo bastante mayor como para cumplirlas.

   No sabe cómo ha llegado a eso. Empezó como una broma, pero tergiversaron sus palabras, y habían ido añadiendo una capa cada vez más gruesa de mentiras, hasta que lo que había dicho quedó irreconocible. Y por mucho que él había negado y jurado, todos se empeñaron en hacerle cumplir una promesa que no había hecho.

   Se deja caer sobre el suelo de piedra. Mira hacia la colina; la casa en ruinas se alza allí, solitaria y amenazante. Dicen que está encantada, ¿pero hay alguna mansión abandonada que no lo esté?

   Por suerte, no tiene que entrar; sólo atravesar el descuidado jardín y coger una rama de una enredadera seca. La ha visto desde el otro lado del muro, no tiene hojas y mucho menos flores. Sólo espinas.

   Respira hondo. Puede hacerlo; en menos de cinco minutos estará de vuelta. Hay una escalera de piedra, con escalones gastados y estrechos, resbaladizo. Son altos, y el esfuerzo de subir la pierna una y otra vez hace que llegue arriba jadeando. Los cuenta. Son diecisiete.

   El jardín está en completo silencio. La naturaleza ha cobrado su tributo, la hierba y los matorrales crecen salvajes. Las sombras se esconden entre los árboles. Él lo atraviesa con cuidado, incómodo por el ruido de sus propias pisadas. Las hojas muertas chasquean al aplastarlas. Un búho ulula a lo lejos.

   Tras unos minutos eternos, por fin llega a su destino. La hiedra seca se encaraba al muro, negra y retorcida. En la oscuridad, sus ramas angulosas parecen las venas de la pared de piedra. Se acerca y toca tentativamente una de las ramas más bajas. Es áspera. Roza con cuidado la afilada espina antes de atreverse a aferrar el tallo y romperlo. El chasquido suena como un latigazo en el silencio de la noche.

   Ya está hecho.

   Queda volver, la parte fácil. Quiere correr, irse de allí cuanto antes, pero sólo alcanza a caminar. Una presencia lo sigue; lo siente en el miedo de su pecho, el escalofrío que recorre su espalda. Camina más deprisa, pero piensa que no es suficiente. Está perdido, y lo sabe. Y sin embargo, no corre. Tiene la irracional sensación de que eso sería fatal.

   El rumor de un viento repentino. Un crujido a su espalda. La necesidad de escapar es cada vez mayor. Y no puede más.

   Vuela sobre la hierba, a grandes zancadas. Ya no le importa hacer ruido. No mira atrás, no mira al suelo, sólo tiene ojos para la verja. Llega a las escaleras, y de un salto aterriza cuatro escalones más abajo.

   Entonces sucede. Una raíz traicionera, una roca suelta, una perdida de equilibrio. Da igual. Tropieza y cae. Se protege el cuerpo con los brazos, pero no evita que su cabeza choque contra un escalón. Cuando llega al suelo, se queda boca arriba, con los ojos abiertos. No se mueve, no respira. En su mano derecha sigue sujetando con fuerza la rama negra. Las espinas se clavan en su piel.

   Un accidente, una tragedia. Una serie de sucesos que acaban en desgracia.

   Pero todos sabemos que eso no es cierto. Todos sabemos que ha muerto porque su destino estaba decidido de antemano. Todos sabemos que ha muerto porque sólo es un personaje anónimo de un relato de poco más de una página.

   Todos sabemos que ha muerto porque yo he querido así que sea así.

   Es cruel, pero es cierto. Yo lo he creado, y lo he matado con la misma facilidad. ¿Y que puede hacer él para evitarlo? Nada. Sólo aceptar con resignación el destino que su creadora ha decidido darle. Punto y final.

   Pero hoy estoy cansada, y melancólica; no me apetece que ningún personaje muera hoy por mi causa.

   Aterriza cuatro escalones más abajo. Tropieza, pero consigue recuperar el equilibrio a tiempo. Y baja el resto de la escalera a saltos, sin sospechar lo cerca que ha estado de morir.

   Y huye. Escala la verja con velocidad, escapa de allí.

   Las espinas de la rama se clavan en su piel. Mi pequeño regalo, para que no olvide esta noche.